¿Por qué es importante la inteligencia emocional?

La inteligencia emocional juega un papel importante en la educación de hoy en día, ya que a través de ella se logra desarrollar la motivación, el control de impulsos, la regulación de los estados de ánimo, y el relacionarse con los demás.
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Contenido del artículo:

Introducción

«Las emociones son impulsos para actuar, planes instantáneos para enfrentarnos a la vida que la evolución nos ha inculcado. Cada emoción prepara el organismo para una respuesta específica y distinta.»

Goleman, 2001

Gracias a la ciencia, hoy sabemos que poseemos dos mentes; una que piensa y otra que siente, la mente racional y la mente emocional. Por un lado, la mente racional, es la forma de comprensión de la que somos típicamente conscientes:  más destacada en cuanto a la conciencia, reflexiva con la capacidad de analizar y meditar. Por otro lado, la mente emocional es un sistema de conocimiento impulsivo y poderoso, aunque a veces ilógico.

Estas dos formas tan diferentes de conocimiento interactúan para construir nuestra vida mental y por lo general suele existir un equilibrio entre emoción y razón. La emoción alimenta e informa las operaciones de la mente racional mientras que la mente racional depura y a veces veta la energía de entrada de las emociones. Además, estas dos mentes son facultades semi independientes y cada una refleja la operación de un circuito distinto pero interconectado del cerebro. Podemos decir entonces que tenemos dos cerebros, dos mentes y dos clases de inteligencia; la racional y la emocional.

Así que nuestro desempeño en la vida está determinado por estas dos inteligencias. No solo importa el coeficiente intelectual sino también la inteligencia emocional. En otras palabras, el intelecto no puede operar de manera óptima sin la inteligencia emocional. La complementariedad del sistema límbico y la neocorteza, de la amígdala y los lóbulos prefrontales, significa que cada uno de ellos es un socio pleno de la vida mental. Cuando estos socios interactúan positivamente, la inteligencia emocional aumenta, lo mismo que la capacidad intelectual. 

El antiguo paradigma sostenía un ideal de razón liberado de la tensión emocional. El nuevo paradigma nos obliga a armonizar razón y emoción. Pero para alcanzar esta sinergia, debemos comprender primero qué significa utilizar la emoción de manera inteligente. 

¿Qué es la inteligencia emocional?

En 1995 Daniel Goleman, considerado el padre de la Inteligencia emocional, la definió como la capacidad de establecer contacto con los propios sentimientos y poder responder de forma adecuada a los estados de ánimo, temperamento, motivaciones y deseos de los demás. 

Entonces, la inteligencia emocional tiene como objetivo principal elevar el nivel de la aptitud social conformando un conjunto de destrezas y preceptos esenciales para cualquier persona.  

¿Por qué es importante saber al respecto?

Sucede a menudo que percibimos a algunas personas con cierta habilidad que les permite vivir bien, aunque no destaquen por su inteligencia. Como docentes, es probable encontrarnos con que el alumno considerado «más inteligente» no siempre termina siendo el más exitoso. 

Esto sucede porque estas personas exitosas poseen, además de inteligencia racional, inteligencia emocional. Esta inteligencia emocional, se traduce en la forma de solucionar problemas, de afrontar situaciones y, en general, de responder ante la vida. La inteligencia emocional puede ser fomentada y fortalecida en todos nosotros pero la falta de ella puede influir negativamente en el intelecto y arruinar una carrera. 

La vida emocional incluye un conjunto de habilidades que puede dominarse en mayor o menor medida que se determinará por la capacidad para tomar conciencia de nuestras emociones, comprender los sentimientos de los demás, tolerar las presiones y frustraciones laborales, acentuar nuestra capacidad de trabajar en equipo y adoptar una actitud empática y social que nos brindará mayores posibilidades de desarrollo personal. 

¿Para qué sirve la inteligencia emocional?

Existe una clara evidencia de que las personas que gobiernan adecuadamente sus sentimientos y que saben interpretar y relacionarse efectivamente con los sentimientos de los demás, suelen tener mayor éxito en distintos dominios de la vida. Suelen sentirse más satisfechas, son más eficaces y más capaces de dominar los hábitos mentales que determinan la productividad.

Quienes, por el contrario, no pueden controlar su vida emocional, se debaten en constantes luchas internas que socavan su capacidad de trabajo y les impiden pensar con la suficiente claridad. Incluso en nuestra salud, existen beneficios o perjuicios asociados a la inteligencia emocional pero específicamente ligados al conocimiento y la permeabilidad de nuestras emociones. 

No hay duda de los efectos nocivos de la irritabilidad, el estrés, la ansiedad y la depresión. La ansiedad y la irritabilidad crónicas vuelven a las personas más susceptibles a un abanico de enfermedades y aunque la depresión no constituya la causa directa de la enfermedad, sí que parece interferir en el curso de su recuperación y aumentar el riesgo de mortalidad, especialmente en el caso de los pacientes aquejados de enfermedades graves. 

Lo anterior, no quiere decir que las emociones positivas, la risa o la felicidad sean curativas. Su efecto tal vez sea muy sutil pero los estudios realizados dejan muy claro el papel que desempeñan las emociones positivas en el conjunto de variables que afectan al curso de una enfermedad.

Si estos son sus efectos en la salud, ¿qué sucederá en la crianza y la educación? 

Hay estudios que demuestran que la forma en que los padres tratan a sus hijos —ya sea la disciplina más estricta, la comprensión más empática, la indiferencia, la cordialidad, etcétera— tiene consecuencias muy profundas y duraderas sobre la vida emocional del niño. Pensemos entonces en el mismo ejemplo para nosotros; los educadores. 

La interacción con nuestros estudiantes, el tono, el volumen de la voz, las palabras que utilizamos, la paciencia ante las equivocaciones pueden ser una oportunidad de enseñar las lecciones fundamentales para aumentar su competencia emocional o bien ser una piedra en el camino. 

Si nos mantenemos alerta a los sentimientos de nuestros aprendientes, si además de identificar sus sentimientos y emociones, escuchamos lo que sienten y valoramos ese sentir, tendremos, además de beneficios emocionales, beneficios cognitivos y conductuales. 

Las ventajas de disponer de unos padres y profesores emocionalmente competentes son extraordinarias en lo que respecta a la totalidad del espectro de la inteligencia emocional, y también más allá de él. 

¿Cómo se desarrolla la inteligencia emocional?

Es importante resaltar que el cerebro del ser humano necesita mucho más tiempo que el de cualquier otra especie para llegar a madurar completamente y algunas de las regiones cerebrales esenciales para la vida emocional maduran más lentamente. 

Existen ciertas áreas sensoriales que maduran durante la temprana infancia, el sistema límbico lo hace en la pubertad, los lóbulos frontales, sede del autocontrol emocional, de la comprensión emocional y de la respuesta emocional, siguen desarrollándose posteriormente hasta algún momento entre los dieciséis y los dieciocho años de edad.

De hecho, dada la importancia de los lóbulos prefrontales en el control de la emoción, la misma oportunidad que permite el modelado sináptico de esta región cerebral implica que las experiencias del niño también pueden terminar modelando conexiones duraderas en los circuitos reguladores del cerebro emocional. 

Por ello es que mientras mayor sea la conexión de los padres con las necesidades de sus hijos, mayor será el desarrollo de las habilidades emocionales fundamentales. Por el contrario, la indiferencia que los padres muestren hacia las emociones de sus hijos, dificultará el desarrollo de su inteligencia emocional y dejará carencias difíciles de corregir. 

Se dice que las lecciones emocionales más significativas o importantes, son aquellas que los padres dan a sus hijos y es que cada una de las habilidades clave de la inteligencia emocional cuenta con un periodo crítico de desarrollo que perdura durante toda la infancia y que proporciona una oportunidad para inculcar en el niño hábitos emocionales constructivos o, en caso contrario, desarrollar hábitos emocionales destructivos e incluso producir traumas emocionales. 

¿Cómo se mide?

La forma de evaluar la presencia o desarrollo de la inteligencia emocional en una persona se basa en su propio alcance y estructura de habilidades integrantes definidos por Goleman (2001). Una persona que tiene la inteligencia emocional desarrollada debe tener presentes estos rasgos: 

  1. Ser conciente de sus emociones, identificar y saber lo que siente. (Autoconocimiento)
  2. Ser capaz de controlar sus emociones y expresarlas de forma adecuada. (Autocontrol)
  3. Ser capaz de entender las emociones de los demás. (Empatía)

Precisamente, con la publicación de los trabajos de Goleman en 1995, esta fue la orientación que se dio a la evaluación de la inteligencia emocional, sin embargo, Extremera, Fernández-Berrocal, Mestre Y Guil (2004), nos presentan tres grandes etapas por las cuales ha discurrido la evaluación de la inteligencia emocional. La primera, a principios de los años 90, se enfocó a identificar los rasgos a través de los cuales se expresa y se puede caracterizar la inteligencia emocional. La segunda etapa se enfocó a la creación de medidas y de instrumentos de evaluación que permitieran identificar el nivel de inteligencia emocional en las personas. La tercera etapa inició a finales de los 90 enfocándose a la experimentación empírica para explorar la validez de las predicciones de los modelos de inteligencia emocional y su relación con otras variables y criterios relevantes para el desarrollo de las personas.

Actualmente, reportan los mismos autores, se tienen tres abordajes principales para la evaluación de la inteligencia emocional:

  1. Uso de instrumentos clásicos basados en cuestionarios y autoinformes basados en frases cortas para que la persona misma estime sus niveles de inteligencia emocional.
  2. Uso de medición de habilidad o ejecución que implican que la persona evaluada solucione o resuelva problemas emocionales para comparar sus respuestas con criterios de puntuación predefinidos.
  3. Uso de observaciones externas para que los pares o superiores proporcionen informes, opiniones y valoración sobre cómo perciben a la persona evaluada. Esto se usa de forma complementaria a las dos anteriores. 

Para conocer más sobre el desarrollo del proceso de evaluación, pueden consultarse las «Medidas de evaluación de la inteligencia emocional».

Doritzzel Rosas Alonso

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